MARATÓN DE BERLÍN. 16 SEP 2018

Dos de nuestros corredores, MARIO y EDGAR, se atrevieron con la maratón de Berlín… Os dejamos las impresiones de Mario:

CRÓNICA DE MI PARTICIPACIÓN EN EL 45º MARATÓN DE BERLIN

El treinta de noviembre de 2017 recibí un correo de SCC Events informándome de que me había correspondido un dorsal para la edición 2018 del maratón de Berlín. Tuve que leerlo tres veces para asegurarme de que así era puesto que llevaba ya varios intentos fallidos y empezaba a darlo por imposible.

Iba a ser la guinda del pastel que prometía 2018 después de haber confirmado un año más un globo en Sevilla y después de ir a participar a la carrera paralela al Campeonato de Mundo de Medio Maratón a celebrarse en Valencia a finales de marzo. Algo que haría que la decepción que supuso 2017 pasase pronto al olvido… O así hubiera sido si los globos de Sevilla y Vitoria no hubieran supuesto un sobreesfuerzo inesperado, y el medio maratón de Valencia, un capítulo más del libro de lo que pudo ser y no fue.

Con todo y con esto, el 15 de abril empecé a preparar este maratón con la esperanza de tener tiempo suficiente para irme recuperando y hacer un papel medianamente digno. Esperanza que se desvaneció cuando, al volver de Vitoria, presentaba grandes dificultades para cubrir distancias más propias de un calentamiento que de un entrenamiento en condiciones.

A mediados de junio comprendí que no tenía más remedio que renunciar a ninguna clase de objetivo de tiempo y que muy posiblemente ni siquiera llegase a septiembre en condiciones de completar la prueba, llegando incluso a plantearme seriamente la posibilidad de quedarme en casa y no asistir.

Durante los meses de verano, una combinación de entrenamientos suaves, punción seca y estiramientos me hizo ir recuperando movilidad, tono, algo de confianza y, sobre todo, ganas. No iba a ser lo que yo quería, lo que yo había planeado; pero iba a ser.

Finalmente a las 9:35 del 15 de septiembre aterricé en el aeropuerto de Schönefeld junto con Julián Iglesias, infatigable portador del Dorsal 32, su mujer y dos de sus hijos, con quienes compartí vuelo, y pusimos rumbo a Tempelhof,  emplazamiento de la feria del corredor, a la que se accedía después de haber sido identificado y etiquetado mediante una pulsera.

A las 7:00 del domingo salgo del hotel e inicio a pie el trayecto de unos 2.400 metros que me separaba de la salida, ubicada a escasos metros del Reichstag. Todavía faltan algo más de dos horas, pero ya se ven grupos de corredores por las calles. Dejo la bolsa en el guardarropa sin demasiada complicación y me dirijo a mi cajón, previo paso por uno de esos maravillosos retretes portátiles que adornan las inmediaciones de los grandes eventos deportivos.

El cajón D, imagino que al igual que el resto, parecía una suerte de Torre de Babel donde se hablaban decenas de idiomas distintos y en los que cientos de corredores intercambiaban impresiones, expectativas y deseos de buena suerte. El destino, el karma o la simple casualidad quiso que a mí me tocaran al lado dos chicos sevillanos con los que crucé algunas palabras de ánimo y a los que confesé mi objetivo final: vivir para contarlo.

Según el reloj va acercándose a las 9:00 van dando la salida a las hand bikes y a las sillas de ruedas. A las 9:05 suena el pistoletazo para la primera andanada y vamos tomando la salida con esa mezcla de ilusión e incertidumbre común a todos los participantes, ya estén buscando la victoria o una historia que contar al volver a casa.

A diferencia de otras ocasiones, recorro los dos primeros kilómetros sin meter cambios de ritmo y sin intentar adelantar puestos. Invierto el trayecto que transcurre por el Tiergarten en buscar un ritmo que no duela y que pueda ser relativamente fácil de mantener. Me veo cómodo en 4:50/km y decido quedarme ahí. Es una proyección para tres horas y media, muy lejos de mi mejor registro, pero puede valer.

Voy dejándome llevar por la marea de corredores sin pensar demasiado hasta que, en un punto indeterminado pasado el km 7 empiezan a aparecer las primeras molestias. Por ahora son llevaderas y haciendo un pequeño ejercicio de abstracción mental puedo hasta llegar a ignorarlas; pero han aparecido demasiado pronto.

Poco después del kilómetro 10 las molestias mutan en dolor, que va siendo cada vez más intenso y que me obliga a reajustar nuevamente el ritmo. Ya puestos, me da un poco igual irme a 3:30 que a 3:40. Lo que me preocupa es que quedan aún 32 kilómetros y no tengo la menor idea de cómo va a evolucionar.

Mientras intento distraerme con pensamientos superficiales tales como idear un post para redes o un estado de WhatsApp, van cayendo los kilómetros y paso la media en 1h53´15´´ después de haber tenido que parar a estirar en un par de ocasiones y haber perdido mucho tiempo en los avituallamientos, colocados a un solo lado del recorrido. Empiezo a contemplar la posibilidad de llegar por encima de las cuatro horas o incluso de no llegar.

A la altura de kilómetro 25 descubro que perder unos segundos estirando bien me permite correr unos tres o cuatro kilómetros sin la necesidad de implorar a la deidad correspondiente que acabe con mi agonía, por lo que decido terminar de ignorar completamente el reloj y guiarme exclusivamente por sensaciones. Nunca en mi vida he tomado mejor decisión.

Consciente de la presencia de cámaras, voy intentando mantener el tipo con la mayor dignidad posible concentrado en si algún efecto de Adobe Premiere podría hacer que, en post producción, pareciera que estaba haciendo una buena carrera en lugar de estar viviendo una de las mayores catástrofes de mi historial deportivo.

Para cuando me quise dar cuenta, estaba pasando ya el 37 y el paisaje urbano quería sonarme del paseo que había estado dando el día anterior. En sólo cinco kilómetros esto habría terminado. Es la parte más emocionante del recorrido y quizá la que más duela. Es en esta parte en la que me da por pensar en los meses que he pasado entrenando, en todo a lo que he tenido que renunciar para poder llegar aquí, en las sesiones de fisioterapia que me resultaban bastante más dolorosas de lo que quería admitir, en los planes que había hecho inicialmente para este viaje y en cómo todo se había ido torciendo. Es en este momento cuando finalmente comprendí que en ocasiones lo más difícil no es perseguir tus objetivos a cualquier precio, sino soltar la cuerda que te une a ellos y dejar que se alejen y desaparezcan.

Con este pensamiento atravieso la Puerta de Brandenburgo y me dirijo al arco de meta, que cruzo en 4:10:08. El peor registro de los últimos cinco años. Una hora por encima de mi marca de 2016… y la vez que más cerca he estado de abandonar. La que debía haber sido mi gran oportunidad para intentar el asalto a la barrera de las tres horas ha terminado siendo un despropósito de principio a fin.

Aún no he decidido si contabilizar mi maratón número 13 como un éxito o un fracaso. Supongo que necesito algo de tiempo para ver las cosas en perspectiva; para valorar cómo han sido hasta ahora y, sobre todo, cómo quiero que sean de aquí en adelante.

No ha sido esta una gesta digna de dedicar a nadie, excepto como ya es habitual, a Elsa, cuyo recuerdo me hace seguir adelante aún en mis peores momentos desde hace ya demasiado tiempo; y a las dos nuevas incorporaciones el grupo de Aliens, Daniela y Olivia (sé que ésta ha sido un poco decepcionante, ya os dedicaré otra competición más satisfactoria). Pero si me parece necesario agradecer a mis compañeros de Club el seguimiento que me hicieron desde Madrid via app; a Pino, que un año más me confeccionase un plan de entrenamiento para poder afrontar la prueba con ciertas garantías; a Lili que, aun estando a cinco provincias de distancia, no me permitiera salirme demasiado del guion y a Leyre todo el trabajo que ha hecho y todo el esmero que ha puesto en posibilitar mi recuperación. El atletismo será un deporte individual, pero sus “éxitos” son colectivos y, al menos los míos, os pertenecen.

“Without people, you´re nothing” (Joe Strummer).

 

 

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